El blog de Ciril Rozman

Archive for 28 septiembre 2010

Evaluación de la actividad científica

Posted by blogderozman en septiembre 28, 2010

En alguna ocasión anterior he señalado la importancia que tiene la investigación para el desarrollo de cualquier país, sobre todo si carece de petróleo u otras fuentes de riqueza natural. Sólo la actividad científica puede asegurar su futuro.

Por otro lado, también he insistido sobre los métodos para promover la investigación, particularmente en el ámbito biomédico. Uno de los principales, aunque no el único, consiste en aumentar la inversión en I+D+I (investigación, desarrollo e innovación).

Las administraciones públicas encargadas de la distribución de recursos para tales actividades necesitan instrumentos que les ayuden a racionalizar sus políticas en estas materias. Pero, además, en otras instancias muy diversas (p.ej., concesión de becas o premios, procesos de promoción personal) interesa conocer cuál es el valor o el mérito científico de un investigador o de un grupo de investigadores. La medición de la actividad científica, que ha recibido también el nombre de cienciometría, desempeña un papel muy importante en tales circunstancias.

Clásicamente se ha recurrido para estos fines a la llamada “peer review” (revisión por “pares” o expertos). Individuos que trabajan en el mismo campo que el investigador evaluado conocen como nadie el valor de los trabajos realizados. De ahí que estas evaluaciones se hayan considerado desde siempre como las más relevantes. En realidad, la mayoría de revistas científicas utilizan este método para aceptar o rechazar un trabajo antes de ser publicado. Con todo, tal aproximación tiene algunos inconvenientes. Mientras que es bastante fiable si se aplica a un solo investigador o a un pequeño grupo, es difícilmente utilizable cuando se trata de grandes colectivos científicos. Adicionalmente, en ocasiones fracasa por falta de honorabilidad del evaluador quien por pura competición o celos no realiza un informe como fuera debido.

Estos inconvenientes tienden a superarse mediante los llamados análisis bibliométricos. Con el término  bibliometría se conoce una parte de la cienciometría que aplica métodos matemáticos y estadísticos a toda la bibliografía científica y a los autores que la producen, con el objetivo de proceder a su evaluación. En comparación con la revisión por “pares” se considera claramente más objetiva. En futuros artículos me ocuparé en detallar algunos índices bibliométricos.

Junto a estos dos métodos principales: revisión por “pares” y el análisis bibliométrico, cabe solicitar al investigador otros datos de su trayectoria científica. Entre ellos se suele incluir la relación de los proyectos financiados, información que permite proceder al análisis de la eficiencia de su trabajo, es decir, qué cantidad y calidad ha sabido generar a partir de los recursos obtenidos.

Por último, puede tener un notable interés conocer las posibles patentes que ha logrado el investigador con su trabajo. Siempre que abordo esta cuestión, me vienen a la memoria dos opiniones que me fue posible recoger sobre la investigación y las patentes. En una ocasión ya muy lejana, un extraordinario científico declaró algo así: “Todo lo que no sea el estudio de la biología molecular, no es investigación”. Y en el mismo foro, un destacado representante de la industria farmacéutico señaló:”Todo lo que no conduce a la génesis de una patente, no es investigación”. Ambas opiniones fueron pronunciadas en un contexto de una apasionada discusión y por ello pueden excusarse. Nadie puede discutir la importancia de la biología molecular, pero es obvio que hay otros campos científicos por los que hay que tener un gran respeto. Y evidentemente es muy deseable que las tareas investigadoras conduzcan a la obtención de patentes (sobre todo, en sinergia entre los organismos científicos oficiales y la industria privada), al objeto de contribuir al desarrollo económico y social de un país. Pero también es cierto que no todas las actividades científicas son fácilmente patentables.

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Tiroiditis subaguda de De Quervain, una asociación poco conocida (II)

Posted by blogderozman en septiembre 14, 2010

Hace un par de  años acudió a mi consulta una paciente de 29 años de edad, sin antecedentes de relieve.

Hacía 3 semanas había comenzado a percibir un dolorimiento en la porción baja del cuello, a lo que se sumó, dos semanas después, la aparición de un pico febril de 39º.

La exploración física era extremadamente anodina. No pude descubrir ninguna anomalía en el examen por aparatos y sistemas. Ni siquiera la región del cuello, en concreto la zona del lóbulo izquierdo del tiroides, que la enferma señalaba como el asiento del dolor,  ofrecía  anomalía alguna a la palpación.

Sospeché la existencia de una tiroiditis subaguda y procedí a las exploraciones complementarias. La VSG era de 120 mm a la primera hora, la proteína C reactiva de 53 mg/dL, la ALAT de 162 U/L, la TSH <0,10 U/L, la T4 libre de 3,03 ng/dL, y en la gammagrafía con I131 no existía captación tiroidea.

Tras la confirmación de la sospecha diagnóstica, instauré la terapia con ácido-acetilsalicílico (500 mg tres veces al día) y prednisona (30 mg después del desayuno a días alternos) e investigué los aspectos etiológicos. No existían anticuerpos contra la hepatitis A, B y C, ni frente al CMV o toxoplasma. En cambio, se detectaron anticuerpos contra el EBV, tanto IgM como IgG.

A las 5 semanas de tratamiento la VSG, la proteína C reactiva y la ALAT se habían normalizado, mientras que el tiroides mostraba más bien una hipofunción (TSH 20 U/L, T4 libre 0,9 ng/dL).

Un mes más tarde, en plena reducción del tratamiento, la función tiroidea había recuperado su estado normal. El título de anticuerpos  EBV IgG iba aumentando moderadamente, pero la IgM seguía positiva. A los 6 meses del inicio del proceso el anticuerpo EBV IgG se había incrementado intensamente (título de 46, normal <1), pero el anticuerpo EBV IgM tardó a resultar negativo cerca de un año desde el principio del proceso.

La enfermedad causada con mayor frecuencia por el virus de Epstein-Barr  (EBV) es la mononucleosis infecciosa, aunque este agente infeccioso se relaciona también con el carcinoma de la nasofaringe y con el linfoma de Burkitt de tipo africano. Tras la primoinfección, el virus permanece de por vida en el organismo, pudiendo reactivarse periódicamente. Se conoce bien la presencia de la hepatitis durante la mononucleosis infecciosa.

La experiencia que acabo de referir constituye, según mis conocimientos, el primer caso en que la tiroiditis subaguda de Quervain se puede atribuir con razonable seguridad al virus de Ebstein-Barr. Lo más probable es que no se tratara de una primoinfección, sino de una reactivación.

Aparte de la contribución etiológica, deseo comentar aún el siguiente aspecto clínico observado en esta paciente y en el enfermo que fue objeto de mi artículo anterior. La inflamación tiroidea mostraba una muy escasa expresividad a la palpación del cuello y la pista diagnóstica era, aparte del contexto general, el dolor de la región tiroidea referido por los pacientes.

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